Cosas que ya no: Nuevo libro de Ignacio Elguero

Ignacio Elguero

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Cosas que ya no

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El autor

Ignacio Elguero (Madrid, 1964) es escritor y periodista. Entres sus trabajos, interesantes ensayos generacionales como Los niños de los chiripitifláuticos: retrato generacional de los nacidos en los 60 (2004), Los padres de Chencho: niños de posguerra, abuelos de hoy (2006) o ¡Al encerado! (2011), y la novela Leif Garret en el dormitorio de mi hermana (2014). Asimismo ha publicado los libros de poemas Siempre (2011), Materia (Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez 2006), El dormitorio ajeno (2003), Cromos (2000) y Los años como colores (1998).

Este licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es en la actualidad director de programas de RNE, emisora en la que trabaja desde hace diecisiete años. Además conduce el espacio literario La estación azul. Goza de numerosos reconocimientos, como el Premio Ondas 2002, el Premio Internacional Audiovisual Antonio Machado 2002, el Premio Galicia de Comunicación 2007, el Premio Bibliodiversidad 2007, el Premio Aula de las Metáforas 2008, la Mención Especial Ondas Internacional 2010, el Premio Nacional de Fomento de la Lectura 2011 y el Premio Fomento de la Lectura del Gremio de Editores de España 2012.

Cosas que ya no decimos, no hacemos, no existen

Un viaje por un mundo lleno de magia. Un recordatorio de un tiempo no muy lejano en el que las cosas sucedían y se hacían de otra manera.

Tal y como Ignacio Elguero apunta en el prólogo de su libro, existen situaciones tales como hacer la mili, abrir la puerta a un vendedor de enciclopedias o llevar a revelar un carrete de fotos, que como otras muchas, han desaparecido, algunas incluso de forma radical, de nuestra vida diaria. Como bien puede comprobarse en el presente estudio, la lista se podría hacer tan emotiva y nostálgica como dilatada –sacar el aire al coche para que arranque, tener el orinal debajo de la cama, dar cuerda al reloj, alquilar películas en sistema Beta o VHS, estudiar obligatoriamente latín, comprar tebeos, hervir la leche, etc.–. Porque en el fondo, los tiempos están cambiando y las nuevas tecnologías han ido imponiendo una nueva forma de interactuar, un lenguaje y unos hábitos diferentes.

Aquellos que, como el autor, vivieron su niñez en las últimas décadas del siglo XX se han visto obligados a aceptar una evolución irrefrenable: cambios sociales, políticos, culturales y sobre todo educativos, que se han ido implantando –casi sin darse uno cuenta– en ese diario devenir en el que cualquier ciudadano está embarcado. Cambios que, en poco tiempo, han apuntalado enormes diferencias entre unas generaciones y otras. La tecnología ha avanzado a un ritmo frenético, provocando nuevos hábitos de consumo y de comportamiento que han obligado a descartar utensilios, objetos o costumbres que pocos años atrás eran de máxima actualidad. Si el vídeo mató a la estrella de la radio, el dvd hizo algo parejo con los discos y las cintas de cassette. En fin, ley de vida.

«El pañuelo era tan necesario como el reloj o las llaves, uno lo llevaba siempre encima. Los hombres de traje, en el bolsillo de la americana; las niñas, en el de la rebeca; los niños, en el del pantalón vaquero; y las madres, en el bolso o en la manga, donde siempre se lo guardaban para tenerlo a mano cuando al niño le daba por moquear. Los pañuelos eran blancos, de tela. Socorridos, como pocas cosas, te sacaban de diversos apuros: enjugar unas lágrimas, atender una rodilla ensangrentada, limpiar un rímel corrido, secar las manos y, por supuesto, sonar narices y quitar mocos».

Nuestra forma de pensar ha cambiado y nuestros comportamientos dentro de la sociedad se han transformado incluso a nivel lúdico, ético o laboral. Ello ha provocado que muchos actos, acciones y gestos que antes eran cotidianos hayan desaparecido en pocos años. Las modas y el cambio en los gustos, con la multiplicación de los canales de información, han acelerado este proceso. Solo nos queda echar la vista atrás con la alegría que da haber formado parte de una época que si bien no volverá, nos dejó una huella y un recuerdo ciertamente indelebles. Porque, como decía un famoso actor, siempre nos quedará París, pero también la memoria retenida en álbumes de fotos, libros, cuadros, cintas de vídeo o grabadoras de voz, a las que en cualquier momento poder recurrir.

«Hasta que los televisores se democratizaron, es decir, se instalaron en todos los salones, o en los cuartos de estar, pues por cómodas letras te hacías con un Iberia, un Philips, un Elbe, un Telefunken o un Radiola. En esos primeros televisores, si la señal no se sintonizaba bien, se movían las antenas, las de cuernos, hasta conseguir que se viese la imagen con claridad».

Ignacio Elguero nos ayuda a rebuscar en la memoria, sonreír nostálgicos y sentirnos dueños de un bagaje cultural y social digno de cualquier personaje de novela histórica. Cosas que no se presenta como un interesante, entretenido y emotivo testimonio de muchas de aquellas cosas que ya no decimos, no hacemos o, que sencillamente, ya no existen.

Cosas que ya no hacemos

Esperar tres horas para hacer la digestión antes del baño, operar de anginas a los niños, llegar virgen al matrimonio, abrir la puerta a un vendedor del Círculo de Lectores o de Avon, jugar al fútbol con las chapas, bailar lento, no dejar nada en el plato, cambiar la aguja al tocadiscos, utilizar barras de hielo para refrigerar, que el chico invite a la chica a todo, asustar a los niños con el hombre del saco o con el coco, fumar en clase, que te escayolen el brazo y te firme la chica o el chico que te gusta, echar pesetas por la ventana a los gitanos de cabra y organillo, declamar el catecismo de memoria, jugar a las prendas, afeitarse con brocha, cargar la baca del coche, sonarse los mocos con pañuelos de tela…

«Que los coches no arrancasen cuando más falta hacía era algo que pasaba siempre en las películas de tensión, terror y misterio. En la vida real también pasaba, pero sin necesidad de emergencias, ni de huidas, pues el fallo en la carburación era lo cotidiano cuando el frío apretaba, en esas mañanas laborales, con los cristales escarchados y tintados por el vaho. Entonces sacábamos el aire del coche, lo que se conseguía tirando de una palanca medio oculta. «Tira del estárter», te decía siempre alguien, como si fuera el remedio definitivo. Era como purgar los radiadores. Nunca fallaba».

Con su singular y divertido modo de bucear en la memoria, Elguero hace que recuperemos imágenes, expresiones y comportamientos que ya han quedado muy atrás, y que indudablemente formaron parte de nuestra vida, pero pertenecen a un tiempo que nunca volverá. No hay ninguna duda de que el lector que pasó su adolescencia y juventud entre los años 60, 70 y 80 recuperará con este libro la ilusión por compartir con los hijos que han venido después, los peculiares modos de ver las cosas que existían entonces. Visto como ha evolucionado todo, este se antoja un ejercicio de nostalgia e ironía que servirá cuando menos para provocar la más sana de las sonrisas, o quizás incluso una rápida escapada al trastero para rescatar aquellos álbumes de cromos que tan felices nos hicieron siendo niños.

«Al matrimonio se llegaba virgen, o al menos se aparentaba, que en aquella España confesional, católica, de curas y monjas levantando desde la escuela el sexto mandamiento, lo contrario no estaba muy bien visto. O se era decente o se era chica fácil, es decir, una fresca».

Cosas que ya no existen

La marca de la vacuna contra la viruela, Galerías Preciados (y tantas otras tiendas), el papel de calco, los lavabos con dos grifos, los juegos infantiles en descampados, los dos rombos de la tele, la ropa de Terlenka, las cartas de amor con sobre y sello, los videoclubs, las maletas sin ruedas, los guateques, los serenos, el galán de noche, la sesión continua, la leche en bolsas de plástico, las zapatillas Paredes, la paga en pesetas, los pañales de tela, las hombreras, los yogures Yoplait, los cigarrillos de chocolate, los teléfonos de rueda, las continuas apariciones de ovnis, los flotadores de toda la vida, las linternas de pila de petaca, los columpios metálicos, los escapularios y detentes…

«En las oficinas, mutualidades, secretarías y demás centros administrativos posibles, el papel de calco fue el antecedente directo de la fotocopiadora. Era un elemento tan necesario y práctico como la propia máquina de escribir, o el típex, que todo se complementaba. Para los estudiantes escolares y universitarios no lo fue menos. Estuvo rodeado de cierto halo de elemento proscrito, pues con él duplicabas apuntes y trabajos, y te facilitaba las cosas en el asunto de las manualidades. Estaba tan prohibido en la asignatura de Dibujo como la calculadora en la clase de Matemáticas».

Cosas que ya no es la memoria viva de toda una época, el canto sentimental y gozoso a un tiempo que podría llamarse de la felicidad, el de la juventud, que se mantiene perenne en cada uno de las imágenes que pueblan nuestro más personal ideario. El lector se identificará en cada uno de esas cosas hasta configurar el retrato fiel de una generación luchadora que vivió verdaderos momentos de libertad, despertar político y resurgir económico. Cuando mirar el móvil parece haberse consagrado ejercicio exclusivo de la sociedad informatizada, Elguero propone olvidarse de aparatos último modelo para disfrutar de aquellos que, por suerte o por desgracia, difícilmente volverán a usarse.

«Durante un tiempo, la mili se hacía, y punto. Había que hacerse un hombre. Después fueron cogiendo peso las exclusiones, una manera elegante de no hacerla. Al acabar el COU, se abría el abanico de opciones: apuntarse voluntario, irse con su quinta, pedir prórrogas de estudio, hacer las milicias universitarias o declararse objetor de conciencia y cumplir el servicio social sustitutorio, que ya estaba regulado por la Constitución del 78. También quedaba la opción del insumiso, pero para eso había que jugársela, que estaba penado. Y como esperanza para los que entraban en sorteo por su quinta, el sueño de la suerte: salir excedente de cupo».

Cosas que ya no decimos

Rezar Cuatro esquinitas tiene mi cama, un beso de tornillo, darse el lote, Cantar “Ya murió la burra”, ¡el afiladooooor!, escuchar en la calle “Iguaaaales para hooooooy”, la expresión “menores acompañados”, a los hijos los trae la cigüeña o vienen de París, voy al retrete, correr delante de los grises, jugar a los trabalenguas y decir “supercalifragilisticoespialidoso”; Santa Rita, Rita, Rita lo que se da no se quita; Rok, el pantalón de la juventud; este año, Belcor baño; te doy mi palabra de honor; de mayor voy a ser… monja, torero, misionera, bombero; con un seis y un cuatro, la cara de tu retrato; esta se ha quedado para vestir santos; y la próxima semana… hablaremos del Gobierno…

«Darse el lote era quedarse a medio camino entre el tonteo y la cama. Se comenzaba con un beso de tornillo y se terminaba no se sabía dónde, pero no tan lejos como para preocuparse por el preservativo o el riesgo de embarazo, que no se pasaba a mayores. Era una expresión vulgar, ordinaria, pero bastante frecuentada por los chicos y chicas de adolescencia, cuando las manos nerviosas buscaban territorios nuevos, cuerpos por explorar, lugares desconocidos en dormitorio ajeno».

Cosas que ya no se convierte en la excusa, y al mismo tiempo, la oportunidad perfectas para rebuscar con alegría y sin ningún tipo de remordimiento en el baúl de los recuerdos más añejos, para romper con la cruel rutina que nos gobierna y escapar… Como acertadamente reclama el autor, lejos de ser un tiempo de coreografías de iconos, la segunda mitad del siglo XX fue el escenario clave de profundos cambios políticos, culturales, sociales, morales, éticos y económicos. Con este fresco e ingenioso retrato, Elguero busca servir de testimonio de unos hechos, objetos y expresiones que, como cosas pretéritas, parecen abocadas al olvido a que se somete todo aquello que no se escribe en los libros de historia. Anímense a recuperarlos.

«Lo de la cigüeña y los niños era como lo del ratoncito Pérez y los Reyes Magos, mentiras piadosas. Unas, para mantener la ilusión del misterio, otras, para no tener que desvelar misterios demasiado pronto.

—Mamá, ¿de dónde vienen los niños?

—Los trae la cigüeña, hija.

—Pues papá me ha dicho que vienen de París…

—Los trae la cigüeña desde París, hija…».

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